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martes, 14 de junio de 2011

El North American B-25J ‘MITCHELL’ en la FACh.


Por Danilo Villarroel Canga.



INTRODUCCION




Sin duda uno de los aparatos más icónicos y fácilmente reconocibles del período de la 2ª Guerra Mundial, el “Mitchell” tiene su lugar asegurado tanto entre quienes los tripularon encuadrados en las filas de la FACh, como los miles de aficionados de la aviación militar chilena. No obstante, a pesar de esta cuota considerable de cariño y admiración por el ya mítico bimotor de la North American, subsiste un virtual desconocimiento sobre su vida operacional en los cielos de Chile. Esta carencia histórica se trata de revertir en este artículo preparado por el autor, en gran medida en base al conocimiento recibido de su progenitor, quien fuera Mecánico Jefe del B-25J 809 durante cinco años, además de obtener la calificación de “Artillero Aéreo” disparando el armamento defensivo desde diferentes posiciones a una manga remolcada.


Por él y por todos sus camaradas de armas, trataremos de zanjar esta deuda histórica y satisfacer de paso la saludable curiosidad que nos han manifestado nuestros lectores sobre este clásico americano de los años ’40, a través de esta esmerada investigación.




PRIMEROS ANTECEDENTES



Cuando se busca un indicio claro sobre los primeros Mitchell que inicialmente llegaron a Chile, todo apunta a cuatro aparatos B-25D (modificados como F-10) pertenecientes al 91º Escuadrón Fotográfico de la USAAF (basado en Fort Lewis), los cuales liderados por el Capitán Robert S. Dietz realizaron variados trabajos en nuestro país durante 1944.


Ahora bien, la misión oficial de esta escuadrilla o grupo de trabajo era efectuar fotografía aérea (fotogrametría) para así elaborar mapas de muchos sectores ciertamente no estudiados ni menos catalogados anteriormente de esa manera, de modo de determinar entre otros, lugares costeros que sirvieran a futuro como probables puertos estratégicos de interés militar. Sin embargo, esa encomiable labor encubría uno de los objetivos primordiales de la presencia de aquella especial escuadrilla estadounidense: colaborar con el recién establecido Comando Costanero de Chile, sobrevolando constantemente el extenso litoral para detectar la posible presencia de submarinos del eje, puesto que ya se rumoreaba en esa época el haberse observado periscopios o incluso velas de submarinos (presumiblemente japoneses) cerca de la costa.


Uno de los F-10 posado en Los Cerrillos, 1944.


Lo anterior se corrobora el 16 de octubre de 1944, cuando la Comandancia en Jefe de la FACh expidió los títulos correspondientes de Piloto Militar Honorario a los oficiales tripulantes de esa agrupación, confirmando oficialmente su presencia en nuestro país. En la recordada revista “Chile Aéreo”, en su Nº 159 de octubre del mismo año, se menciona brevemente este hecho, como es lógico sin entrar en detalles y mostrando solo un par de fotografías.
Sin embargo, obran antecedentes de que tiempo antes se había asentado discretamente en Santiago la “Misión Naval Geodésica en Chile”, la cual estaba implementada con tres PBJ-1 Mitchell (versión naval del B-25), un PBY-5A Catalina, un bimotor de transporte y un monomotor de enlace. Dicha “misión” operaba a un costado del hangar PANAGRA emplazado en Los Cerrillos, ¿su finalidad oficial?: realizar mediciones geomagnéticas a lo largo de nuestro país, pero tal fin científico no era otra cosa que una fachada para una unidad antisubmarina encubierta de la US Navy y sus aparatos estaban implementados con todo el armamento necesario y sus tripulaciones entrenadas para tal tipo de combate.

LOS MITCHELL ARRIBAN A QUINTERO



Las actividades de la Misión Aérea Norte Americana (MANA) en nuestro país se iniciaron a principios de 1940, esta embajada militar trajo un variado tipo de aeronaves durante su permanencia en tiempos de guerra, a pesar de que nuestro país solo oficializó su postura ante el conflicto mundial el 20 de enero de 1943, mediante un tibio decreto de suspensión de relaciones diplomáticas y consulares con los gobiernos de Alemania, Italia y Japón.

Personal de la MANA junto a oficiales de la FACh.
Pese a lo tardío que nos pueda parecer la definición chilena ante el catastrófico conflicto mundial tras más de tres años de beligerancia, de igual manera y debido a la apremiante necesidad de materias primas que nuestro país le proveía, EE.UU. junto con establecer un eficiente sistema de defensa de costa, nos proveyó de aviones y otros pertrechos militares actualizados, en condiciones y cantidades bastante favorables para asegurar medianamente la defensa de puertos e instalaciones estratégicas vitales en ese momento y cuya organización se probó durante las grandes maniobras efectuadas en la zona norte en agosto de 1942.
Pese a esto no fue sino hasta finalizada la 2ª G.M. que nuestro país recibe bombarderos B-25J, la cuota de 12 aparatos destinados a la FACh se completó a mediados de julio de 1946 ya que algunos B-25 se encontraban operando en Quintero con antelación a esta fecha, estos aviones que eran casi nuevos, en un principio continuaron perteneciendo a la USAAF, hasta su plena transferencia en octubre de 1947. 
Entonces podemos afirmar que la historia de los Mitchell en Chile comenzó el 11 de julio de 1946, fecha en la que se habían concluido y recepcionado los trabajos preparativos en la Base Aérea de Quintero tales como: el pabellón anexo al hangar de botes, el pabellón de alojamiento para los suboficiales y las fajas de estabilizado a los costados de la pista. Así, se dio comienzo a las actividades del llamado “Grupo de Instrucción” integrado por oficiales y suboficiales pertenecientes a la MANA y que estaba formado por dos cursos: uno de bombardeo con bimotores B-25J y otro de caza con monomotores P-47D.
Como jefe de este grupo se designó al comandante de escuadrilla David Bobadilla R., quien dirigió a la veintena de instructores de la USAAF, los cuales eran comandados por el Teniente Coronel Wilson T. Jones. Toda esta febril actividad en la base, que convocó a casi doscientos oficiales y suboficiales de la FACh fue permanentemente apoyada por el comandante de escuadrilla Alfonso Lizasoain H. para entonces a cargo del Grupo N° 2 única unidad destacada en esa base. La realización de estos cursos se facilitó gracias al esfuerzo personal del teniente 1º Ricardo Ortega F. y del teniente 2º Diego Aracena G., quienes entre otras iniciativas realizaron la traducción de los manuales de pilotaje. La instrucción de vuelo se llevó a cabo estando la mayoría de los Mitchell con un esquema muy llamativo, pues sus puntas de ala y timón de dirección estaban pintados en color rojo.

Instructores del USAAF realizan chequeo de prevuelo junto al teniente Girardi.

Este proceso se efectuó en forma bastante normal, de hecho la única novedad con los Mitchell fue que en mitad de estos cursos, el 21 de octubre de 1946 el B-25J Nº 44-30428 sufrió un accidente en la base motivando a la MANA a eliminarlo del inventario y trasladarlo hasta el polígono para ser usado como blanco en ejercicios de combate, quedando de esta manera solo 11 Mitchell operativos. Diametralmente distinto fue el caso acaecido durante el curso de vuelo de cazas P-47 el 14 de diciembre del mismo año, cuando el accidente fatal del aparato Nº 45-49410 (sector Popeta, Melipilla) determinó el fallecimiento del subteniente Jorge Figueroa G.

Cazas P-47 en práctica de polígono, en tierra el mencionado B-25J hace las veces de blanco.
El 24 de enero de 1947, con la entrega de diplomas y títulos para pilotos y especialistas, se daba por terminada la creación del “Grupo de Instrucción”. Como resultado de estas actividades la FACh contaba ahora con 24 oficiales graduados como pilotos de B-25, otros 12 habían terminado con éxito el curso de bombardeo con la mira Norden, además 23 mecánicos quedaban capacitados para el mantenimiento de los nuevos bimotores.

Parte de los pilotos graduados en enero de 1947.

Finalizada esta instrucción, el gobierno norteamericano ofreció a la FACh a un precio muy conveniente que ascendía al 10 % de su valor real (US $ 13.000 c/u), los once bombarderos que hasta ese momento todavía operaban con series y escudos de la USAAF. 
Sin embargo, el Alto Mando chileno no contemplaba la adquisición de estos aviones, motivo por el cual desechó esta oferta. Los oficiales y suboficiales que integraron los cursos regresaron a sus respectivas unidades, quedando en Quintero solamente el personal asignado a esa base y al Grupo Nº 2.

De esta manera, los B-25J quedaron estacionados a la intemperie y sin actividad de vuelo -ni mayor mantenimiento- a la espera de la decisión del gobierno norteamericano ya sea de lograr convencer a la FACh de su adquisición o de asignarlos de acuerdo al programa “ARP” (American Republics Project) a otro país sudamericano. 
Entretanto, durante este largo periodo de espera de las negociaciones -como se vera más adelante- que duraron cerca de nueve meses, el personal del Cuerpo Aéreo del Ejército Norteamericano estudiaba la posibilidad de utilizar a los Mitchell en ejercicios de “Ditching” o amarizaje forzoso, práctica que culminaría inevitablemente con los nobles B-25J en el fondo del mar.


Línea de aviones V.S., detrás los B-25J aún con el esquema USAAF.



El 7 de marzo de 1947, cuando los bimotores llevaban ya un mes de inactividad, el Alto Mando nuevamente ratificó la decisión inicial de no adquirir estos aviones por no existir los recursos para una transacción al contado. A partir de ese momento se inició una larga etapa de conversaciones, con la finalidad de conseguir que la compra de los aviones se efectuara en parcialidades, modalidad a la cual los norteamericanos se negaban de plano en principio y por largo tiempo. 
Se llegó así a principios de julio de 1947 y, cuando las negociaciones parecían llegar a buen final, se designó una comisión de ingenieros para que evaluara e informara acerca del estado del material estacionado en Quintero (por ya cinco meses), tiempo y lugar nefastos para aeronaves como los Mitchell.


Dicho informe terminado y evacuado el 25 de julio, dejaba al descubierto tanto, oxidaciones serias en el recubrimiento metálico de la casi la totalidad de los B-25J, así como también en el armamento. Además, en los pocos vuelos efectuados, se presentaron fallas en los sistemas hidráulicos y en el encendido de los motores, pero lo más alarmante fue la detección, en dos aparatos, de oxidaciones en las uniones del ala con el centroplano. Sin duda que el clima salino, sumado a la inactividad de vuelo estaba causando estragos en los bombarderos.
A pesar de lo anterior, no fue sino hasta principios de octubre en que los 11 Mitchell fueron incorporados a la FACh. 
Se comenzó entonces con el procedimiento para sacar a vuelo a estos bimotores que sumaban cerca de ocho meses de inactividad en Quintero y el consecuente reentrenamiento de todo el personal que había realizado los cursos a fines de 1946. 
La primera medida fue convocar a todos los mecánicos para efectuar una inspección de 100 horas a cada uno de los aviones y recibir un breve curso de entrenamiento y actualización por parte del personal USAAF. Terminada la revisión, se realizaron los respectivos vuelos de pruebas con tripulaciones chilenas -ya con reentrenamiento- pero siempre acompañados por un jefe de tripulaciones estadounidense. 
Todas estas actividades fueron supervisadas estrechamente por el oficial de operaciones y entrenamiento, Teniente Coronel Albert F. Fahy, en ese momento segundo jefe de la MANA. De esta forma, y como quedó documentado en el estado mensual de aviones en servicio, los B-25J comenzaron a operar efectivamente en la FACh a partir del mes de noviembre de 1947.



Con la incorporación de estos aparatos a la FACh, matriculados en la serie 800 (801 al 811) reservada para los bombarderos, se iniciaron lógicamente los planes de instrucción anuales exigidos a las tripulaciones de combate, pero al mismo tiempo se comenzaron a desarrollar también innumerables maniobras de apoyo al Ejército y la Armada, amén de otras labores tales como: logística, aplicación de hielo seco, fotogrametría, cursos de vuelo instrumental y de artilleros aéreos, etc. -los que se detallarán más adelante- denotando que este aparato se merece con creces, el lugar que ocupa no solo en nuestra historia aeronáutica nacional sino en la mundial. 
Una de las primeras maniobras realizadas por los B-25J, fue un apoyo aéreo, realizado a mediados de diciembre de 1947 en la contigua localidad de Ventanas, concretamente en la playa del lugar dando cobertura aérea a un ejercicio de desembarco realizado por la Armada de Chile. En la oportunidad, los Mitchell 804, 807, 809 y 811 se lucieron realmente al realizar varias pasadas rasantes sobre la cabeza de playa hasta ser asegurada por los infantes de marina.

Los planes del Comando de Unidades de la época -influidos por la contraída situación económica asociada a la posguerra y las limitaciones de personal- contemplaban volar solamente 200 horas anuales con estos aparatos. Es por eso, que recién a finales de diciembre de 1947 se realizó el cambio de aceite a los B-25J, de acuerdo a la O.T. Nº 02-1-1 correspondiente a las 50 horas posteriores a la revisión realizada en octubre de ese año. Esto significaba, que para fines de 1947 los Mitchell acumularon cada uno, un promedio de 100 horas de operación en la FACh. El ajetreado verano de 1948, comenzaría con el desarrollo normal de las actividades de instrucción de nuevas tripulaciones, patrullajes y ejercicios en formación y de combate.

El constante movimiento en la base aérea de Quintero, cuyas instalaciones albergaban gran cantidad y diversidad de aparatos, tales como AT-6, N-3-N, OS2U-3, PBY-5, PBY-5A y los recientemente incorporados P-47 y B-25J, le daban un aspecto de clima bélico. Si pudiésemos imaginariamente situarnos como espectadores de tal actividad, nos hallaríamos frente a un escenario muy similar al de una base norteamericana durante la 2ª Guerra Mundial.

ANÉCDOTA DE UN TRIPULANTE
Ese especial ambiente quedó reafirmado en la singular anécdota del día 12 de marzo de 1948, cuando los miembros de una escuadrilla de B-25J fueron llamados a un veloz despegue de combate y tras agruparse en el aire, se orientaron con rumbo prefijado. Todos y cada uno sus tripulantes ocupaban atentos sus respectivos puestos de combate, prestos a la acción conforme a las escuetas y directas instrucciones del líder de vuelo. Los tripulantes se sentian emulando a aquel grupo de valientes aviadores de la USAAF que habían emprendido el osado ataque al corazón del Imperio Japonés en similares aeronaves en abril de 1942, durante el momento más oscuro de la guerra con los nipones (solo 6 años antes), de hecho esa era el tipo de atmósfera reinante a bordo.

Con la formación enfilada y transcurrido unos minutos de vuelo, el líder develó al resto de las tripulaciones el objetivo de la misión: sobrevolar en formación a baja altura la ciudad de Valparaíso, a fin de rendir honores al Presidente de la RepúblicaGabriel González Videla, quien estaba en visita oficial a la ciudad puerto. 
En ese momento llegaron a las coordenadas sobre el mar donde debían corregir el rumbo para enfrentar correctamente el plano de Valparaíso, cosa que hicieron sin demora ni problema, pero ocurrió de improviso que mientras la formación se aprestaba expectante a realizar su primera pasada, los tripulantes avistaron con estupor una formación de monoplanos que venía directo hacía ellos. Parecía como si unos “cazas enemigos” los hubiesen detectado y les cerrasen el paso con la clara intención de comenzar un combate!


Bandada de B-25J sobrevolando el mar, el 809 y 810 llevan en su proa una gráfica sin identificar.
Detalle de la nariz y la insignia vista en los B-25J 809 y 810.

 
Sin embargo, mientras este pensamiento pasaba efectivamente por las mentes de varios tripulantes, ambas formaciones se aproximaban a vertiginosa velocidad y debido al evidente peligro de colisión, el líder de vuelo dio la orden perentoria de ascender a plena potencia hacia el denso estrato de nubes existente ese día, para seguidamente abortar el sobrevuelo al plano del puerto. Para entonces, ya se sabía que la presentación no se realizaría, pues para cuando pudiesen descender con seguridad y retomar el curso inicial, la maniobra ya estaría fuera de tiempo. 
Así, los B-25J retornaron a Quintero, imposibilitados de mostrarse por primera vez y en plenitud ante la ciudadanía chilena. Los causantes del repentino incidente del cruzamiento en el aire no eran una formación de “cazas”, sino un grupo de aviones monomotores Fairchild de un club aéreo, los que debido a la nubosidad y al consiguiente bajo techo habían modificado sin previa autorización su altura de vuelo, exponiéndose a ocasionar una terrible desgracia.

En un principio, los Mitchell operaron como una escuadrilla de bombardeo dependiente del Grupo N° 2, hasta que el 19 de mayo de 1948 se creó el Grupo de Bombardeo Pesado N° 1 (G.B.P. Nº 1), el cual a fines de 1949 pasaría a denominarse Grupo N° 8. Este nuevo grupo de combate de reciente creación orgánica dentro de la FACh quedaría al mando del Comandante de Escuadrilla Fernando Rojas O.


Así llegamos al invierno de 1948, en que la FACh recibió la solicitud por parte del departamento de riego dependiente de Obras Públicas, de ensayar en la provincia de Coquimbo la estimulación de nubes de desarrollo vertical (cúmulos) utilizando hielo seco, con el objeto de provocar “lluvias artificiales”. Para este fin, se implementó un B-25J que al mando del recordado Comandante Roberto Araos T. y guiado por el meteorólogo Millán Toro R. realizaron alrededor de cuarenta vuelos, encontrándose nubes adecuadas en quince oportunidades. El método de trabajo consistió en introducirse en el tercio superior de las nubes y sembrar el hielo seco triturado. Sin embargo, en la práctica, solamente en tres ocasiones las nubes precipitaron y dado los pobres resultados se desistió de continuar con estas operaciones.


Familia se retrata en un B-25J usado como blanco. CIRCA 1950


Posteriormente, el día 6 de agosto de 1948 quedó marcado por la tragedia en el andar del G.B.P. Nº 1. El B-25J 802 efectuaba un vuelo de pruebas tras una revisión de 25 horas. En medio de esta labor el avión cayó inesperadamente al mar en el sector Punta Lobos frente a Quintay, falleciendo en el lugar el piloto Teniente Mario Camus O., el copiloto Comandante (I) Enrique Boissier B. y el mecánico Cabo 1º Raúl Garay V. Debido a este lamentable accidente (del cual no se pudieron determinar las causas), se dejó fuera de vuelo a todos los B-25J y el 14 de agosto se dispuso la revisión al azar de un Mitchell, para conocer el estado real de deterioro luego de nueve meses de operación en la FACh. Con este fin se designó una comisión constituida por los comandantes de escuadrilla (I) Jorge Anwandter O. y Marcos Loyola G., además del capitán (I) Fernando Fagalde M.
El aparato sorteado fue el 808, avión construido en enero de 1945 y que acumulaba 169:35 horas de servicio en la FACh. El bombardero fue desarmado casi en su totalidad y en la exhaustiva inspección se pudo determinar que existían principios de oxidación en toda su estructura, léase recubrimientos, tornillos de fijación, articulaciones, perfiles de amarre de alas, uniones al centroplano, portalones de bombas, comando de alerones, además de la necesidad de efectuar un apriete a gran cantidad de pernos. Solo los cables de control y los sistemas eléctricos no presentaron observaciones. Como conclusión y resultado de dicha revisión, se efectuaron labores correctivas en forma escalonada incluyendo la aplicación de un baño de cobertura zinc-cromato a todas las partes susceptibles de oxidación. Con la lógica baja del Nº 802 la FACh quedó operando diez Mitchell. Las horas de vuelo que acumulaban en esa época los B-25J quedaron registradas en el siguiente extracto del informe del la Comisión Anwandter:


Durante los días 5 al 15 de noviembre de 1948, se llevó a cabo el periodo de maniobras en la zona de Antofagasta. La gran concentración de fuerzas que se desplazó hacia la aún inconclusa Cerro Moreno y sus alrededores, convocó a los Grupos Nº 3 (B-25J), Nº 2 (AT-6), Nº 4 (AT-11), Nº 5 (P-47), y Nº 10 (C-47). En lo concerniente a la escuadrilla de cinco B-25 desplazados hasta esa desértica zona, durante los ejercicios utilizaron la nada despreciable cantidad de 100 bombas y un total de 4.000 tiros de munición 12,7 mm. (calibre 50).
Al mes siguiente, más precisamente el 15 de diciembre, las playas del poblado de Ventanas nuevamente fueron el escenario para que los B-25 demostraran sus capacidades bélicas. Esto en el marco del “Ejercicio Final Conjunto” celebrado entre el Ejército, la Armada y la FACh. Ese día, los Mitchell números 801, 804, 807, 810 y 811, piloteados respectivamente por los Capitanes Alfredo Lavin R., Osvaldo Farias y los Tenientes Edilio del Campo T., Jorge Vega P. y Rafael Ordenes, prestaron efectivo apoyo a la Escuadra activa en alta mar y luego pasaron a “ablandar” las defensas costeras para facilitar el desembarco de los efectivos del regimiento Maipo.

Iniciado 1949 los B-25J debieron realizar un especial ejercicio bélico: un ataque simulado a un navío enemigo. Para el caso se trataba del vapor “Antofagasta” que a la sazón se hallaba varado al sur del sector faro Punta Morguilla. Para dicha misión se comisionó un elemento compuesto por los aviones 803 y 806. El avión líder (803) estaba al mando del Comandante de escuadrilla Alfredo Lavín R. y llevaba como oficial bombardero al Alférez Juan Cerda T., el mecánico de vuelo era el Suboficial Oscar Araya y el radio operador el Sargento 2º Francisco Álvarez. Por alguna razón el 803 era el avión que más frecuentemente usaba el comandante de la unidad y por tal motivo llevaba estampado en su costado izquierdo de la cabina el gallardete reglamentario correspondiente a ese estatus.

B-25J N° 803 exhibiendo el distintivo del G.B.P. N° 1.
 
El segundo aparato (806) iba comandado por el Teniente 1º Edilio del Campo Th., el oficial bombardero era el Alférez Silvestre Mahuzier P., mecánico de vuelo el Sargento 2º Ricardo Toledo y el armero Cabo 2º Juan Araya. Sin embargo, debido a que la nave siniestrada se encontraba ya semi-enterrada en un banco de arena y que el oleaje cubría permanentemente la zona, a pesar de la precisión del bombardeo simulado por ambas tripulaciones el ejercicio no tuvo los efectos esperados inicialmente, pero cumpliendo la finalidad de mantener el óptimo entrenamiento de las tripulaciones.

Línea de Mitchell durante la revista de instrucción del año 1949.

En agosto de 1949, se realizó la revista del primer periodo de instrucción de los grupos de caza y bombardeo de la base aérea de Quintero. En la oportunidad, los B-25 realizaron ejercicios de bombardeo de altura y también ataques rasantes sobre blancos terrestres. Luego, a principios de diciembre los Mitchell tomaron parte en los ejercicios combinados entre la Armada y la FACh realizados cerca de Los Vilos. Esta vez, una escuadrilla de cinco bombarderos efectuó un despliegue para la detección de la escuadra chilena y posteriormente realizaron un vistoso y espectacular ataque a los buques de guerra. 
A fines de ese año, los bimotores participaron en los juegos de guerra realizados en las inmediaciones de Santiago. En esa ocasión los Mitchell que estuvieron encuadrados en las denominadas “Fuerzas Azules”, lograron coronar la victoria sobre las “Fuerzas Rojas”, las cuales planificaban un ataque e invasión al sector de Peldehue.

Juegos de guerra en Peldehue, finales de 1949.

Hay que hacer notar que ese año 1949 se mantuvo un promedio mensual de solo cinco aparatos en línea de vuelo, lo que reflejaba el creciente y alto desgaste de los diez aviones con que contaba el G.B.P. Nº 1. Antes de concluir el año se concretó el ya citado cambio de denominación a Grupo Nº 8.
 
El 12 de abril de 1950, mientras el Mitchell 810 iba en carrera de despegue para realizar un vuelo local de rutina, repentinamente le falló su motor derecho obligando al piloto a aplicar el freno izquierdo en forma brusca, provocando el reventón de ese neumático debido a la alta velocidad alcanzada por el aparato, que terminó con su fuselaje deformado y la nariz destrozada, siendo imposible poder recuperarlo. Gracias a la diligente y veloz maniobra el piloto, Teniente 1º Jorge Vega P. evitó una segura desgracia, a su lado llevaba como mecánico al Cabo 1º Ernesto Campos A., ambos tripulantes resultaron ilesos, todo el trance ante la mirada atónita del jefe de máquina del 810, Sargento 2º Dagoberto Romero, quien se había quedado en tierra salvándose del siniestro. Con esta baja obligada quedaban nueve aviones en el inventario.

Solo dos meses después, el 27 de junio, el 804 volvía a la base cuando se constató una falla en el tren de aterrizaje, viéndose forzados sus tripulantes a efectuar un aterrizaje de emergencia. Por fortuna, tras el espectacular “panzazo” tanto el piloto Subteniente Humberto Ramírez G., como el copiloto Subteniente René Quezada M. y el mecánico Cabo 1º Vicente Sáez E. resultaron ilesos, pero el fiel 804 no corrió con tanta suerte pues debido a los graves daños sufridos se ordenó su baja inmediata y así el inventario de B-25 se redujo a ocho aparatos.


A finales de noviembre de 1950, frente a las costas de Quintero tuvo lugar el ejercicio final de tiro de la Escuadra Nacional. En dicha ocasión el mismísimo Presidente de la República Gabriel González Videla, presenció a bordo del acorazado Latorre primero los ejercicios de horquillamiento artillero (tiro centrado) hacia un blanco remolcado, para luego pasar a la fase de defensa antiaérea de los buques (con las piezas artilleras respectivas). Cinco Mitchell estuvieron involucrados en la práctica, que con sus ataques rasantes, dieron realismo y emoción a las maniobras que dejaron muy satisfechas a las autoridades.


Luego, el 22 de diciembre se realizó en la base aérea de Quintero, la revista final de instrucción de la FACh, con presencia nuevamente del primer mandatario. En la oportunidad los B-25J realizaron una demostración de bombardeo de precisión sobre un blanco flotante dispuesto en la bahía. Debemos consignar que que estos bombardeos, más las notables demostraciones realizadas en los aparatos AT-11B, P-47, PBY-5A, OS2U-3 y el impecable despliegue de paracaidismo, sirvieron para que S.E. autorizara el raid del Catalina OA-10A Nº 405 a Rapa Nui al mes siguiente. Durante 1950, la línea de vuelo mensual promedio fue tan sólo de cuatro aviones operativos, lo que sumado a los fallos mecánicos de los dos aviones perdidos en este periodo, tristemente confirmaban los apodos despectivos dados por la dotación de la base: “carcachas” o simplemente “los tarros”.

El 19 de enero de 1951, los Mitchell 801, 805 y 806 formaron la escolta de honor en la salida desde Quintero del OA-10A (PBY-5A) Nº 405 “Manutara” en su vuelo a La Serena, ciudad desde donde más tarde emprendería el histórico raid a Rapa Nui. Durante 1951, se mantuvo en la línea de vuelo un promedio mensual de cinco aviones de un total de ocho existentes. Al año siguiente, el 19 de mayo de 1952, mientras el Mitchell 806 despegaba sufrió el sorpresivo desprendimiento del bote salvavidas de abordo. La activación espontánea del sistema, se debió puntualmente a fatiga de material de la pieza de amarre y freno de la palanca exterior, cediendo con la consecuencia ya descrita. El 806 regresó a la base sin otros daños, estaba tripulado por el Teniente 2º Andrés Andrade P. (piloto) y el Cabo Jorge Silva A. (mecánico). Luego de este incidente se ordenó la revisión de todos los sistemas similares del resto de los aviones no volviendo a producirse sorpresas de este tipo.
El 16 de junio de 1952, el Comando de Unidades envió un oficio a la Comandancia en Jefe, donde se informaba que los Mitchell tenían sus motores con las horas muy cerca del límite recomendado, además puntualizaba que algunos aviones estaban aún en servicio (803, 805) sólo porque la fábrica había autorizado un 25% más de uso de los motores una vez llegado el límite permitido. Únicamente los aviones 806 y 807 permanecían en servicio sin observaciones, y el quinto aparato en vuelo (811) presentaba filtraciones en los tambores de freno. Los tres B-25J restantes (801, 808 y 809) estaban fuera de vuelo por diferentes razones y lo que es más grave, el 808 ya comenzaba a ser canibalizado para obtener repuestos que en las bodegas ya no existían. Es por esto que la solicitud hecha por la Armada, de requerir un grupo de Mitchell para sus ejercicios de finales de agosto, solo fue satisfecha con el envío de apenas dos B-25J (806 y 807), pero con la restricción implícita de no ejecutar maniobras a una distancia superior a las 50 millas de la base. El año 1952, cerraba con un promedio de cinco B-25J en la línea de vuelo.
A mediados de agosto de 1953, y por iniciativa del segundo comandante del Grupo Nº 8, Comandante de Escuadrilla Roberto Araos T., se dio inicio al Primer Curso de Artilleros Aéreos realizado en aviones B-25J. Para este fin, se designó como jefe de instrucción al Teniente 2º Erwin Schulz U., quien además debió esforzarse junto a otros oficiales (ingenieros y especialistas), para lograr implementar un Mitchell como avión manguero. Después de numerosos vuelos de pruebas y de algunos fracasos iniciales, sobre todo en lo relativo al sistema bota-manga, el novedoso remolcador de blancos comenzó a operar en octubre. Entretanto en la base, la docena de Cabos alumnos recibían la instrucción de operación, tanto de las ametralladoras de torretas -dorsal y cola- como de las laterales o de cintura (blister). También, debieron aprobar un riguroso examen en el cual, con la vista vendada, debían desarmar y armar el armamento para luego dejarlo listo para disparar.
La etapa final, como es lógico, consistió en repeler el ataque de “cazas” desde diferentes direcciones, efectividad que se comprobó en tierra durante el análisis de la manga remolcada, que obviamente contenía las perforaciones dejadas por los proyectiles previamente pintados para su identificación. Finalmente el 29 de diciembre de 1953, los doce entusiastas Cabos mecánicos del escalafón del aire, recibían de manos del Comandante de Unidades Aéreas, General de Brigada Washington Silva E., el diploma que los acreditaba como “Artilleros Aéreos” de la FACh.

Diploma de Artillero Aéreo entregado al Cabo E. Villarroel O. en 1953.

El 9 de noviembre de 1953, el avión 805 debió aterrizar de emergencia luego de una prematura subida del tren de aterrizaje. La tripulación compuesta por el piloto subteniente Juan González G., el copiloto subteniente Luís Rojas F. y el mecánico sargento 2º Luís Sepúlveda A. resultaron ilesos. La evaluación de daños, determinó la abolladura de la parte inferior trasera del fuselaje, hélices dobladas, cañerías del tren de aterrizaje cortadas y nacelas destrozadas. Si bien es cierto que el valor de los daños -que eran reparables- se calculó en un 20%, y que el avión continuó figurando en el inventario institucional, no se tiene la real certeza de que haya sido puesto en servicio nuevamente.

B-25J N° 811 con la insignia del grupo N° 8 estacionado en Quintero, 1953.

Es en esta época, que a los bombarderos B-25J se les estampó una singular insignia no oficial, la cual constaba de un cóndor sosteniendo una bomba en actitud de picada. Este nuevo emblema del Grupo N° 8 creado por el personal tripulante, se puede observar en variadas fotografías de ese período y fue la insignia que esta unidad adoptó una vez asentada en Cerro Moreno. Es así entonces, que este emblema pasó a ser la primera insignia del grupo N° 8, la cual se utilizó en los B-26 Invader hasta mediados de 1958.




LA ÚLTIMA ÉPOCA:


A principios de mayo de 1954, asumió la comandancia del Grupo Nº 8 el Comandante Carlos Guerraty V., quien un mes más tarde, mientras realizaba su primer vuelo “solo” en un Mitchell, sufrió el incendio de uno de sus motores, debiendo efectuar un aterrizaje de emergencia afortunadamente sin consecuencias que lamentar. 
Tanto este incidente, como otros ocurridos con anterioridad tales como; aterrizajes de panza por fatiga de material o fallas en los sistemas hidráulicos y otros más graves, como el atasco de una bomba en un rack durante una práctica (la cual no pudo ser soltada a pesar de ser aplicados todos los procedimientos de emergencia), incluso se envió un caza P-47 a fin de que su piloto tratara de observar y determinar cual era el problema. Todo lo anterior dejaba de manifiesto que los nobles B-25J se acercaban rápidamente a su obsolescencia y retiro.


Esta situación quedó ratificada a mediados de noviembre de 1954, cuando el Comandante Guerraty comenzó a preparar el traslado de su grupo a las futuras instalaciones de Cerro Moreno en Antofagasta, ya que dentro de esta planificación ordenada por el Comando de Unidades no se contemplaba el envío de los B-25J, solo se trasladarían a la nueva destinación con el material AT-11B y D-18S. 
En esta época, el Alto Mando estimó necesario establecer un grupo de informaciones en Punta Arenas, utilizando ocho aparatos B-25J reconvertidos en aviones multi-propósito, vale decir, fotogramétricos, correo, cargueros y algunos de transporte VIP. Para alcanzar dicho fin, los B-25J fueron propuestos para una revisión mayor y modificación general en la maestranza de FANAERO, entidad nacional que intentó asociarse a la TEMCO Aircraft Corporation, sin embargo el bajo volumen de trabajo proyectado sumado a problemas de tipo técnicos y presupuestarios impidieron la realización de este proyecto.


Esto motivó la modificación del plan inicial, así los tres Mitchell que estaban en mejores condiciones de vuelo (806, 809 y 811) fueron sometidos a una minuciosa revisión general y pintura en la Maestranza Central, en este mantenimiento los aviones fueron pintados enteramnte en color aluminio y por primera vez la parte superior de las nacelas fue pintada en su totalidad de verde petróleo. 
De tal modo, el 6 de enero de 1955 finalmente los tres Mitchell señalados también fueron trasladados a Cerro Moreno, base donde el Grupo Nº 8 se asentó definitivamente hasta hoy.


Los tres B-25J lucen como nuevos antes de trasladarse a Cerro Moreno.
 
No obstante sus ocho años de servicio en Quintero, los B-25J trasladados a Antofagasta prestaron útiles servicios al efectuar cursos de vuelo y de instrumentos a las tripulaciones que operarían más tarde los nuevos B-26 “Invader”, material que a pesar de ser más moderno aún no contaba con entrenadores doble comando, disposición con que el Mitchell siempre contó.
El último Mitchell FACh que voló en nuestro país fue el N° 806, el que luego de realizar un aterrizaje de emergencia en Cerro Moreno el 22 de mayo de 1956 quedó inoperativo y debió darse de baja. En dicho vuelo final el Capitán Erwin Schulz U. realizaba instrucción a los Subtenientes Renato del Campo S. y Jaime Ruiz B., pero cuando se disponían a aterrizar una falla en el tren de nariz los obligó a efectuar el descenso de emergencia. Tras el poco airoso final del último vuelo de un B-25J FACh, el lado positivo del incidente fue que los tres oficiales y el mecánico de vuelo cabo Modesto Valdés P. resultaron ilesos.


El 806 cubierto de espuma luego de su accidente, Cerro Moreno 1956.

Tiempo antes, el Mitchell 809 había sido trasladado a la base aérea de El Bosque para servir de apoyo a las actividades de la Escuela de Especialidades, en tanto que el 811 estuvo operando un breve tiempo como avión fotogramétrico, antes de ser retirado de la línea de vuelo a principios de 1956. Luego, ambos aparatos (806 y 811) fueron dados de baja oficialmente el 21 de agosto de 1956 y posteriormente destruidos en polígono por aviones Invader durante ejercicios de combate y prácticas de bombardeo. En tanto, tras algunos años de ser un útil y reconocible ícono en las instalaciones de la Escuela de Especialidades en El Bosque, el 809 –último de su clase en Chile- fue eliminado del inventario de dicho plantel y desmantelado.


El 809 posado en la Escuela de Especialidades de la FACh.
Así, con este epílogo se cierra otro capitulo de nuestra historia aeronáutica nacional, pero no debemos dejar de ver que tras los extintos Mitchell hay un enorme legado de decenas de aviadores y tripulantes aéreos y de tierra formados todos bajo el alero del B-25J y que darían a la FACh y a Chile nuevas alturas y logros en los agitados años venideros.


En una próxima actualización histórico-técnica ampliada nos referiremos a la pintoresca historia de los B-25 civiles que operaron en Chile. Aunque sabemos que ésta estuvo ligada a episodios de contrabando, profundizaremos lo más posible en la parte formal de este tema.

La mayoría de las fotografías y documentos pertenecen al archivo personal del autor, además se agradece la colaboración de los investigadores; Ricardo Prambs T. (foto), archivo fotográfico de Anselmo Aguilar U. y a Esteban Cornejo C.
Un agradecimiento muy especial a nuestro amigo y colega investigador Atilio Baldini F.

viernes, 12 de noviembre de 2010

CEREMONIA ESCUADRILLA MITCHELL

Por Danilo Villarroel Canga



Extracto de lo publicado en el boletín del Instituto de Investigaciones Histórico-Aeronauticas de Chile, correspondiente al mes de octubre de 2010.


VI.- Ceremonia Escuadrilla "Mitchell"

En representación del Instituto, el presidente asistió a la ceremonia organizada por la Escuadrilla "Mitchell", integrada por los alumnos egresados en 1959 de la Escuela de Especialidades "Sargento 1º Adolfo Menadier Rojas", quienes el jueves 21 de octubre hicieron entrega al Museo Nacional Aeronáutico y del Espacio, de un hermoso cuadro al óleo representando un bombardero B-25 Mitchell con los colores de nuestra Fuerza Aérea.

Hizo entrega de la obra el presidente de la Escuadrilla Sr. Carlos Atkinson Henríquez, quien resaltó el valor sentimental que para su organización tenían los B-25.

Bendijo el cuadro el Rvdo. Padre Sergio Cerda, Capellán de la Dirección General de Aeronáutica Civil, el que en su juventud también integrara la escuadrilla.

La nota emotiva la puso el Coronel de Aviación (R) Don Renato del Campo Santelices, quien relató cual fue el último vuelo realizado por un B-25 en la Fuerza Aérea de Chile. Aeronave que aterrizara de emergencia en 1956 en la Base Aérea de Cerro Moreno en Antofagasta al fallarle el tren de aterrizaje, siendo él subteniente integrante de la tripulación del avión.

Mitchell Nº 806 s/n 44-30401 accidentado en Cerro Moreno.

En reconocimiento al permanente vínculo que nuestro presidente ha mantenido con esa escuadrilla, se le hizo entrega del emblema de ella y de un ejemplar del libro
"Bitácoras de Alto Vuelo", escrito por nuestro socio Danilo Villarroel Canga y que narra su historia.


(*) Fotografia y portada del libro de archivo Danilo Villarroel C.

jueves, 28 de enero de 2010

55º ANIVERSARIO DE LA LLEGADA DE LOS B-26 A CHILE.

por Danilo G. Villarroel Canga.


El 23 de noviembre de 2009, se efectuó en el Museo Nacional Aeronáutico y del Espacio la ceremonia conmemorativa de la llegada de los Douglas B-26 “Invader” a nuestro país. Esta iniciativa estuvo patrocinada por el Instituto de Investigaciones Histórico-Aeronáuticas de Chile (IIHACh), con el apoyo directo de algunos socios investigadores.


Linea de vuelo en Cerro Moreno, marzo de 1958, resalta con su insignia el B-26C Nº 819 apodado "El Jote".


GÉNESIS
El arribo de los primeros ocho aparatos a la base aérea de Cerro Moreno se verificó el 15 de noviembre de 1954, como quedó establecido en el Informe de Memoria Anual de la Misión Aérea Norteamericana (M.A.N.A.) correspondiente a ese año. Con posterioridad (3 de diciembre) se recibieron otros dos aviones, completándose así la cuota de diez aeronaves asignada por el P.A.M. que conformó la primera partida.
Estos primeros B-26 eran todos modelo “C”, vale decir con nariz transparente de plexiglás, configuración que permitía la instalación de la mira Norden para el bombardeo desde alturas medias. Los nuevos aviones fueron asignados al Grupo de Aviación Nº 8 asentado en Cerro Moreno, emplazamiento que por esa época comenzaba a llenarse de vida, crecimiento y actividad aérea, principalmente con personal trasladado desde Quintero.
Con posterioridad el Grupo N° 8 recibió tres remesas adicionales (1957, 1958 y 1960), con las cuales la FACh completó un total nominal de 38 unidades. En dichos envíos posteriores, también fueron recepcionados cuatro Invader modelo TB-26B (N° 837, 838, 848 y 849), de nariz sólida, siendo estos últimos aparatos de doble comando para entrenamiento y/o remolcadores de blancos (Tow Target), los cuales fueron más conocidos como “Mangueros”.

PRECEDENTES E HISTORIA

Ahora bien, es necesario precisar que antes de la llegada de los B-26, el Grupo N° 8 operaba en la Base Aérea de Quintero desde octubre de 1947 (inicialmente como Grupo de Bombardeo Pesado Nº 1), fecha en la cual se incorporaron a la FACh 11 bombarderos B-25J “Mitchell”. Más, al producirse la recepción de los B-26 en Cerro Moreno tan solo quedaban en servicio 3 B-25J los cuales también fueron trasladados hacia el norte, cumpliendo por breve tiempo labores de instrucción y enlace.
En febrero de 1955 se produjo el arribo a Cerro Moreno de un cuadrimotor Douglas C-54 que traía a la Unidad Móvil de Entrenamiento (MTU), perteneciente al Comando de Entrenamiento Aéreo de la USAF (Air Training Command). Al mando de este equipo de instructores estaba el veterano de Corea capitán Ruben Arnold, quienes iniciaron prontamente cursos de mecánica, armamento y electricidad a la dotación de oficiales y suboficiales que se harían cargo de la operación de los nuevos bombarderos. En paralelo se encontraban ya en la base los comandantes de escuadrilla Edilio del Campo Th., Roberto Araos T. y el capitán de bandada Antón Bakx B., oficiales que habían efectuado cursos de vuelo y de combate en Estados Unidos (Vance AFB) y que ahora, en calidad de Instructores, iniciaban los cursos respectivos a 17 oficiales incluyendo al comandante del Grupo N° 8, Carlos Emilio Guerraty Villalobos.
La culminación de todo ese disciplinado esfuerzo se llevó a cabo el 28 de mayo de 1955 (diez días antes de lo planificado), con la entrega de certificados, ceremonia solemne que contó con la presencia del entonces Comandante en Jefe de la FACh General Armando Ortiz R.


Tres días después de la memorable ocasión, el capitán Arnold y sus hombres remontaron el vuelo hacia Colombia (Base Aérea de Palanquero), para realizar idéntica misión ya que ese país también comenzaba a recibir aviones B-26. El broche de oro para el referido primer curso y en particular para el año 1955, fue el vuelo en formación de los 10 bombarderos hasta la capital y su subsiguiente y formidable presentación sobre la elipse del Parque Cousiño con motivo del tradicional homenaje a las Glorias del Ejército de Chile.


Los Cerrillos, 19/9/1955, Jefe de Máquina avión N° 819 sgto. 2º (méc.) Emilio Villarroel O., junto al sgto. 1º (rad.) Juan Montenegro H., luego de la presentación aérea en el Parque Cousiño.

Al año siguiente (1956) el Alto Mando dispuso la realización del primer vuelo de largo alcance o raid hacia la zona austral, de manera de probar las capacidades técnicas de los aviones y el grado de alistamiento de pilotos y mecánicos. Dicha misión se cumplió a cabalidad a fines de noviembre, lance en el cual el mismo comandante Guerraty lideró la formación de 7 bombarderos que volaron hasta Punta Arenas, haciendo escala en Los Cerrillos. El regreso hasta Cerro Moreno requirió de un sacrificio extra, ya que se realizó en vuelo directo, empleando los estanques auxiliares instalados en la bodega porta bombas (tipo Ferry de 675 Galones). La travesía les tomó nueve y media largas horas de vuelo, pero como contrapartida demostró el alto grado de preparación y respuesta de todo el personal del Grupo Nº 8.
El 3 de septiembre de 1957 la orgullosa unidad se tiñó de luto y gloria a un mismo tiempo; se produce el primer accidente fatal tras incendiarse y estrellarse el Invader N° 826. Los aviadores mártires de esta tragedia fueron el subteniente John Wall H. y el mecánico cabo Domingo García B. Después del aterrizaje de emergencia, el subteniente Wall, quien al percatarse de la ausencia de su camarada regresó al siniestrado avión para rescatarlo, desinteresada decisión que le costaría la vida producto de quemaduras sufridas al incendiarse el bimotor. En atención a esta heróica actuación, la FACh le entregó en forma póstuma la “Medalla al Valor”.
En agosto 1958 se producen los extremadamente conflictivos sucesos del “Islote Snipe”, dicha situación determinó que el Grupo N° 8 y sus Invader debieron asumir la afrenta a nuestra soberanía y el envío inmediato a Punta Arenas de diferentes y múltiples bandadas de bombarderos B-26. Así, gracias a la permanente presencia de los Invader en el área comprometida, se ejerció una gran acción disuasiva que sin duda alguna influyó en el positivo desenlace del delicado incidente.

Base Aérea de Chabunco, septiembre de 1958.
 


REFUERZO DE ALAS Y EL CAMBIO DE ROL

El año 1963 trajo cierto grado de alarma al Grupo N° 8, ya que informes de campo provenientes de Vietnam indicaban que algunos B-26 habían sufrido el desprendimiento de parte de las alas durante misiones de combate, y que el análisis de los restos apuntaba a fatigas de material. Por esta razón los Invader chilenos acogiéndose al programa “Wing Spar”, debieron ser enviados en vuelo hasta la base Albrook en Panamá para reforzar sus alas, específicamente sus dos vigas que soportan toda la carga alar de estos aviones.
Esta misión se inició el 14 de diciembre de 1964, con el despegue de la primera bandada que estuvo liderada por el comandante de grupo Roberto Araos T., concluyendo este programa a principios de septiembre de 1965, cuando regresaron a nuestro país los últimos aviones enviados que totalizaron de 18, estando a la fecha el Grupo N° 8 a cargo del comandante Eduardo Sepúlveda M.
Al año siguiente, el marzo de 1966 se dio comienzo a la aplicación del proyecto “Gun Nose”, dirigido por el ingeniero aeronáutico comandante de escuadrilla Agustín Beltrami V., quien estuvo asesorado por tres consejeros técnicos estadounidenses.
El objetivo de este proyecto, era el de modificar la capacidad de fuego artillero de los B-26, instalando una nariz sólida con 6 ametralladoras calibre 50 en la proa, pero suprimiendo las torrecillas ventral y dorsal. Cabe señalar que la flota de Invader en esa época estaba constituida por 17 aparatos, pero los estadounidenses suplementaron kits para modificar solamente 8 bombarderos. Este proyecto pensado para labores de contra insurgencia (COIN), concluyó los primeros meses de 1968, debido a que también se efectuó una completa renovación y mejora en la parte eléctrica e instrumental de toda la flota, además de transformar un avión a doble comando y otro en manguero.

LA HORA DEL RETIRO

Los efectos de la corrosión y la falta de repuestos debido a la ausencia de apoyo del P.A.M., determinaron el retiro del servicio de estos nobles aviones. De tal modo, el 31 de enero de 1973 se dieron de baja los últimos 5 Invader sobrevivientes del otrora poderoso Grupo Nº 8. Aún así, el último vuelo oficial de estos aviones se verificó el 21 de marzo de ese mismo año, con ocasión del 43º aniversario de la FACh. En la oportunidad, una bandada de tres B-26 que incluyó al Nº 840, y que hoy forma parte de la colección del museo, sobrevolaron la base de Cerro Moreno en despedida a sus gloriosos años de servicios en la FACh.

Último vuelo oficial de los B-26, Cerro Moreno, marzo de 1973.
Terminada la ceremonia, los B-26 Nº 840, 842, 846 y 849 los cuales aún tenían algunas horas remanentes, fueron traídos en vuelo en dos grupos a la base aérea de El Bosque. En ambos viajes, realizados el 21 y 25 de marzo, los elementos fueron liderados por el comandante de escuadrilla Carlos Espinace B. Uno de estos bombarderos se entregó a la Escuela de Aviación, otro fue dejado en el Ala de Mantenimiento, y los dos restantes se entregaron a la Escuela de Especialidades para servir de ayuda a la instrucción de los alumnos de dicho plantel.

Cerro Moreno, 21 de marzo de 1973, en vuelo los Invader Nº 840 y 846.
Sin embargo, seis meses después la severa contingencia política y social en la que estaba envuelto nuestro país, determinó nuevamente llamar desde su bien ganado retiro a los veteranos bimotores. Entre septiembre de 1973 y principios de enero de 1974 los B-26 Nº 840 y 846 realizaron vuelos de patrullaje y control del espacio aéreo, desplazándose tan al norte como La Serena y por el sur hasta alcanzar la ciudad de Concepción.
Tras 18 años de operación en Chile, 10 oficiales y 9 suboficiales dieron sus vidas en accidentes tripulando un Douglas B-26. A todos esos tripulantes de aire y tierra, y a quienes aún existiendo entre nosotros viven el triste olvido, estuvo dedicada esta conmemoración de la llegada de los B-26.

PALABRAS FINALES

La ceremonia estuvo presidida por Don Sergio Barriga K. (presidente del IIHACh), contando con la presencia del General de Aviación Don Jorge Rojas A. en representación del Alto Mando de la FACh y del Director del MNAE General de Aviación Don Ricardo Gutiérrez A.
Honraron también el acto con su presencia, los ex comandantes en jefe de la FACh; Generales Carlos Guerraty V., Ramón Vega H. y Fernando Rojas V.
También asistieron varios ex-pilotos y tripulantes que sirvieron con el Invader; delegaciones de la Escuela de Aviación, Escuela de Especialidades, Agrupación Escuadrilla Mitchell y del Círculo de Amigos de Cerro Moreno.

Tras las palabras iniciales del presidente, tuvo lugar la emotiva entrega de una bitácora de vuelo de Invader genuina al MNAE. Enseguida vino la alocución del comandante Armando Ruiz T., uno de los últimos pilotos en volar B-26 en Chile. El broche final fue la presentación de la reseña histórica (preparada por los socios Danilo Villarroel C. y Anselmo Aguilar U.), compuesta por la lectura de los hechos ya presentados más arriba, y por una proyección fotográfica simultánea en formato PowerPoint (tomada de los archivos del socio Sr. Villarroel), que deleitó a los presentes.

Aviadores; G. Hermosilla, C. Michea, R. Arnés, D. Villarroel y L. Caballero.
Aviadores; M. Lagos, R. San Martin y General R. Gutiérrez.
Después se sirvió un café a los asistentes, para finalizar con una festiva sesión de fotos.

25 de enero de 2010.